QELMINA Plaza

La IA propone. El aula decide.

Joan abre los folios. Elena no interrumpe. No filmamos. Si no queréis aparecer en página, no aparecéis.

El miércoles no es una clase de escenario. Se habla bajo. Un modelo torcido se queda en el cuaderno, no en una diapositiva de éxito. Un dashboard de veinte widgets se recorta a tres. Si alguien trae un prompt infinito, se corta igual.

Qelmina no mezcla los grupos en una plaza. Diez personas, un estudio, la lista queda vuestra. Quien llega tarde señala el timbre — el número, no el logo — y se sienta sin que se pare la mesa.

Desde casa el portátil queda en vuestra mesa. Joan indica el cable si venís. La cámara es una. El chat se cierra si lo pedís. El oficio es el mismo: leer, cortar, escribir por qué.

No hay una «metodología» con nombre de marca. Hay un martes y un jueves, un folio, una pregunta. Si el grupo necesita más semanas, Elena lo dice en la carta. Si necesita menos, también.

Mesa estrecha en el estudio Qelmina